Cuando el aprendiz quiere decirle al maestro como debe enseñarle

Mucha agua ha corrido bajo los puentes desde que los filósofos griegos enseñaban mientras caminaban y los atenienses se reunían en ágoras a discutir los asuntos de la ciudad, los cuales fueron tal vez los primeros procesos de enseñanza-aprendizaje formales, más allá de entrenamiento en oficios propio de artesanos, quienes comenzaron una larga tradición de aprendices.

Entonces las estructuras sociales y de poder en la mayoría de los casos eran ciertamente verticales, el conocimiento provenía del maestro o del artesano experto, el aprendiz se limitaba a observar e imitar lo que su maestro hacía, para a partir de la imitación, obtener el conocimiento, replicarlo y con el tiempo llegar a mejorarlo.

Posteriormente en los monasterios se concentraron las grandes fuentes de conocimiento de occidente, oriente desarrolló un proceso totalmente diferente.  Estos monasterios dieron origen a las primeras escuelas (la escolástica que algún día nos enseñaron en historia) y las primeras universidades.

Estas estructuras permanecieron siendo verticales y como ya lo dijo ampliamente Michel Foucault hace muchos años, la escuela, el cuartel, el monasterio y la prisión son estructuras de poder, donde éste es ejercido por los representantes de la institución y donde se crean normas para dirigir la vida de los individuos.

Al entrar la edad moderna, muchos pedagogos comenzaron a estructurar nuevos procesos de enseñanza aprendizaje, donde no necesariamente el maestro era la fuente única del conocimiento.  Si bien estos esquemas pudieran proceder de conceptos que no eran propiamente modernos, durante muchos siglos la forma reinante de transmisión del conocimiento fue vertical.

Después de los años 60 y 70, muchas de las estructuras de poder fueron controvertidas, sin ser la escuela la excepción, se hablaba de la construcción del conocimiento por parte del aprendiz mismo y se desplazaba al maestro a un simple guía del proceso formativo. Entonces en instituciones educativas en todo occidente se eliminaron los estrados desde los cuales los maestros dictaban sus cátedras, en una clara reforma de la forma para ver si se asemeja un poco al fondo.

Pero al mismo tiempo que se quitaban los atriles, los maestros eran despojados de su autoridad, crecían los ideólogos del libre desarrollo de la personalidad y la regla de madera fue eliminada como parte del proceso educativo.

Los alumnos eran libres de adquirir el conocimiento a su ritmo, por sus medios, usando las estrategias que más se les acomodaran a sus procesos de pensamiento y cognitivos, el alumno como centro del aprendizaje.

Aquel proceso tan vitoreado fue visto por muchos como el fin del poderío del maestro, ya no más el detentor del conocimiento, ya no más la suprema autoridad en el aula, el alumno al poder!!!

Pero todo aquel colorido discurso olvidó algunos detalles importantes, darle el poder al alumno implicaba tácitamente darle la responsabilidad de gestionar su propio proceso educativo, y ser el primer evaluador de sí mismo y de sus logros, pues ya no es sólo responsabilidad del maestro presentar lo que se debe aprender, sino que el alumno debe desarrollar su propio apetito por el conocimiento y buscar sus propias fuentes de conocimiento, quitarle el poder al maestro implica que es el alumno el responsable de ir más allá y desarrollar su propio deseo por aprender.

Sin embargo muchos han visto el quitarle el poderío del aula al maestro como la oportunidad de que el aprendiz diga cómo deben enseñarle, cuáles son las cosas que desea aprender y cuáles desea desechar.  Y aunque esto sonaría un ambiente de aprendizaje libertario, entraña un grave peligro, el aprendiz por su esencia es ignorante, precisamente para eso se somente al proceso educativo, para salir de su ignorancia, y se pretende que justamente quien no sabe qué debe conocerse, ni para qué conocerlo, ni qué es lo más importante, justamente ese diga que es lo digno de aprender y lo que no.

Entonces llegamos al extremo del desprecio por la experiencia, creyendo que lo novísimo y lo tangible supera la costumbre y lo teórico.   Creer que el aprendiz es más capaz que el maestro de dirigir el proceso de aprendizaje es como suponer que una persona que no sabe conducir está en capacidad de indicarle a su instructor qué partes de la mecánica y las normas de tránsito le es más conveniente aprender.

Lo más paradójico de este esquema de retirarle el poder al maestro, es que cuando el aprendiz no aprende, entonces buscamos al responsable nuevamente en el maestro, pero, no es el aprendiz el gestor de su conocimiento, no le dimos acaso el poder en el aula, ¿por qué cuando el poder del aprendiz va en su propia contra, entonces queremos retornárselo al maestro?

Los modelos centrados en el alumno tienen sus ventajas, promueven en mejor medida la creatividad y la interacción social, permiten la construcción de conocimiento nuevo con mayor facilidad; pero al mismo tiempo contemplan desventajas como que el aprendizaje es más lento, es menos eficiente su acción en grupos numerosos con pocos maestros y dificultan aprender a diferenciar correctamente entre el conocimiento útil y el que no.

El aprendiz de los nuevos modelos cree saber mejor que el maestro como debe enseñársele, y esto tendría sentido en un aprendiz altamente conocedor de sus modelos mentales y sus procesos cognitivos, que sabe cuáles estrategias le son más útiles y rápidas para adquirir cierto tipo de habilidades o conceptos.  Pero la mayoría de los aprendices rara vez se ha sometido a un autoexamen suficientemente riguroso para evidenciar las fortalezas y debilidades en sus características propias de aprendizaje.

Entonces tenemos a un enfermo, que ciertamente no sabe bien donde le duele, pero que está convencido cual es el tratamiento más aconsejable que el médico debe aplicarle.  El enfermo sabe como nadie lo que siente en su cuerpo, y sabe como nadie lo que el tratamiento le produce y lo que no, pero esperar que pueda administrarse a sí mismo tratamiento es ciertamente el curso de acción equivocado.

Del otro lado tenemos a los maestros, tratando de guiar de la mejor forma como conocen, mientras una horda de aprendices cree saber más, no en el objeto de estudio, lo cual podría ser cierto, sino en los métodos para llegar a él.

Es bueno que lleguemos a un dulce acuerdo, donde cada cual se responsabilice por hacer muy bien lo suyo, el aprendiz en asimilar y crear nuevo conocimiento, asumiendo de forma autónoma que sólo él mismo puede avanzar en el proceso y facilitarlo; y permitir que el docente haga lo que mejor sabe hacer, conducir al aprendiz a las fuentes de conocimiento, sin importar dónde y cómo se llega a ellas.

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