Convivir con la depresión

Mi primera terapeuta jamás quiso decirme cual era el nombre clínico de mi diagnóstico, si bien es posible que este no sea, a veces las palabras equivocadas pueden dar herramientas apropiadas para comprender las cosas, así como me pasé hace unos años leyendo sobre transtorno de la personalidad límite, y si bien ese no era mi diagnóstico (eso si lo dijo aquella primera terapeuta) aquella información echó muchas luces sobre cómo era convivir conmigo y el trabajo que les costaba a los demás saber como lidiarme, cuando no tenían la más mínima idea de en qué ánimo había amanecido.

Hoy digo de mi misma que he sufrido depresión aproximadamente desde los 11 años, cuando recuerdo los primeros episodios de estar triste porque si, bueno, recuerdo otros episodios más pequeña, de aislarme de la gente, pero no eran decididamente un estado permanente. También recuerdo ser peliadora y mandona, pero llega el punto en que uno ya no sabe diferenciar, qué pertenece a la condición psicológica y qué a los rasgos de personalidad. Todavía soy peliadora y mandona, pero menos 🙂

Creo que el asunto de todo esto es tener que convivir con algo que está dentro de ti, que realmente sos vos misma poniéndote zancadilla, una necesidad extraña de joderse la propia vida, como si fuera más sencillo tropezar en mis enredos que probarme, hasta el punto que sea algo externo lo que marque hasta donde puedo llegar. Ciertamente parece más cómodo decir, no lo logré porque me limité que porque el mundo me pudo.

De alguna manera los eventos de los últimos tres meses en que la depresión regresó con gran fuerza, me han permitido poner en claro ciertas cosas, que esto ha sido una constante en mi vida desde que comencé la adolescencia, por lo tanto estoy tan acostumbrada a ella que no me parece raro, adapté mi vida para ser funcional a pesar de, pero hasta ahora no he resuelto nada de forma definitiva. La otra es que durante ciertos años pareció estar en remisión, pero básicamente se trató de una compensación, me dediqué al tipo de relaciones afectivas que te llenan de adrenalina, así que no había manera de que el cuerpo sintiera lo que subyacía por debajo, una vez suprimí la adrenalina el año pasado, todo volvió a ser aquel caos que me era familiar.

Lo otro que tengo claro es que me harté de este estilo de vida, me harté de tener que luchar conmigo misma para funcionar en el mundo, pelear conmigo para levantarme cada mañana y que la única razón en la mayoría de las ocasiones para hacerlo es porque tengo una responsabilidad con alguien más, llámese trabajo u otra gente, nunca he tenido la costumbre de hacerlo simplemente por mí misma, si ha sucedido han sido más chispazos esporádicos que un genuino interés por mi persona.

Me harté de no tener solución, me harté de luchar con la cosa más trivial como arreglar mi casa, me harté de los pesados significados emocionales que las cosas más irrelevantes tienen en mi diccionario, me harté de estar furiosa sin motivo, triste sin motivo, como si odiara a todo el mundo, como si me odiara a mí misma, me harté de todo eso.

Que sigue después de la hartura, tomar cartas para cambiarlo, sigo creyendo en la vía terapéutica y retorné a ella (no con esa primera psicóloga, a mi el psicoanálisis no me sirvió, hay estrategias para cada tipo de paciente, esa no fue la mía). Todavía no creo en la vía farmacológica, mi familia estaría feliz si recurriera a ella, posiblemente me aparta de esa vía el físico miedo a perder la esencia que lo que soy, de manos de la bioquímica, con una felicidad construida con ayuda farmacológica pero sin solucionar el problema base.

La hartura también me permitió levantar la mano y decir, bien, estoy en un camino de seguimiento a Dios, pero eso no significa que automáticamente te sanes de todo, decir, esto me sucede, no sigo menos a Dios porque esto me suceda, si Él quiere sanarme ya, se lo agradezco, sino, de algún otro modo se solucionará. A veces en lo que llamamos los caminos de Dios este tipo de afecciones son vistas como debilidad espiritual, gracias a Dios recibí comprensión y apoyo, nunca antes lo había mencionado públicamente en parte porque sentía que no había oidos para ello, fue agradable ver que estaba equivocada.

¿Qué sigue después de la hartura? Resolverlo, llenarme de herramientas para hacerlo sencillo para mi, vivir simplemente, sin drama, sin afectarme a mi ni a los otros, siendo yo, pero renunciando a complicarme la vida yo misma.

Esto es un proceso, de hecho uno que comenzó hace tiempo, pero que necesitaba reventar de alguna manera para resolver que sanarme emocionalmente es una prioridad en mi vida, tan importante como estudiar o trabajar, una prioridad que está íntimamente relacionada con mi bienestar y mi calidad de vida.

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