Ir enniñeciendo

Mi vida históricamente ha ido al revés, nací vieja, muy antigua, a los 6 años tenía claro que no quería casarme ni tener hijos, a los 8 pensaba que la gente me buscaba por interés, a los 11 poco interés tenía ya yo de quedarme en este mundo, pensaba que la gente que me amaba sufriría menos si yo no estaba, a los 12 tuve mi primer novio y olvidando mis 6 años, añadí la complicación romántica a mi mundo. A los 12 también me sentía de 80, y comencé el ejercicio de escribir, cosas que no eran adolescentes, de una cierta oscuridad que he preferido no releer, también me convertí en lectora ávida. A los 15 me sentía como si ya huviera ido y vuelto de todo, siendo el centro de muchas cosas pero alienada en muchos sentidos. A los 16 leí tantos libros de filósofos que no recuerdo, hasta traduje del inglés unos textos de Kant para alguien más, recuerdo que me dijo que muy bien, pero que la mecanógrafa por poco no entiende mi letra manuscrita.

A los 17 comencé la historia de hacerme la vida con el lado izquierdo del cerebro, con el derecho ya solo me daba tiempo de escribir poesía, que era más cortica, dejé los cuentos, los dibujos de figura humana, la pintura. A los 18 me di el lujo de dejar de ser estudiante excelente, del mejor promedio desde el colegio, me conformé por varios años con sacar lo suficiente para pasar y mezclarme con el mundo, ser una más, ir a fiestas, emborracharme algunas veces, darme besos con chicos esporádicos y a veces enajenados, que nada tenían que ver conmigo, mientra amaba largamente y en silencio a quienes no se interesaban en mi.

A los 21 reaccioné del letargo académico y me dediqué a sacar el mejor promedio de nuevo, decidí no volver a beber en la vida, no por motivos morales sino prácticos, el licor me producía náusea, cuando no exacerbaba mi depresión, pero no durante el guayabo, durante la misma fiesta, así que seguí saliendo pero sin volver a beber nada con licor. A esa misma edad dejé la orientación biológica de mi carrera y encontré mi pasión profesional. Fue realmente un encuentro con la belleza matemática, capaz de predecir lo que ocurría en la realidad, lo que me llevó a cambiar mi rumbo para siempre.

A los 23 me gradué, ya sin la oportunidad de aspirar a becas por haber dejado pasar esos tres valiosos años, y comencé un trabajo que pedía como requisito grandes habilidades sociales, jamás he sufrido tanto un trabajo desde entonces. En algún momento tomé la decisión de cambiar aquello y comencé a tomar cursos de lo que si quería hacer, eso me permitió ubicarme en un nuevo trabajo que cumplía ampliamente mis expectativas, cuando perdí aquel.

A los 24 tuve mi primera relación de larga duración, justamente con quien no estaba disponible, en un momento en que eso no era un obstáculo para mi y que abracé como mi única oportunidad en la vida para el amor, cerrándome para cualquier otro amor por los siguientes 5 años.

A los 26 me di cuenta que mi vida llena de ira contra el mundo me iba a hacer perder el empleo y por primera vez busqué ayuda terapeútica, una decisión que ciertamente salvó mi vida. Otra que procedió a esa fue comenzar a leer literatura terapéutica, no libros de supermercado, lecturas que describían los transtornos anímicos, sus métodos de funcionamiento y perpetuación, y como afectaban la realidad de quienes rodean y aman a los pacientes, esa fue una decisión que cambió la vida de mi familia. A los 27 comencé a vivir en mi espacio independiente, lo cual mejoró grandemente las relaciones con mi familia, a veces necesitamos mediar distancia física cuando todavía no hemos aprendido a mediar amor.

A los 28 factores externos me obligaron a ser docente sin la preparación adecuada, en esta ocasión quienes más sufrieron fueron mis alumnos no yo, y por alguna de esas extrañas cosas que ocurren sin pedirlo en la vida, ellos llegaron a quererme. A esa edad, digo yo gracias a las oraciones de mi madre, por primera vez alguien que ahora es mi mejor amiga, me predicó la palabra de Dios, y como siempre he querido saber yo misma el cuento, en lugar de que me lo cuenten, me fui a Paulinas y compré mi primera Biblia, una hermosa Nácar Colunga pequeña, y a falta de un mejor método comencé del Génesis hacia adelante, y durante las noches de los tres años siguientes me leí todos los libros hasta el Apocalipsis.

A los 29 volví a tener un empleo soñado, que me chupó la sangre, pero que yo se la di gustosa. A los 30 terminó aquella larga relación, que siendo franca yo misma debí terminar dos años antes, pero tuve que esperar a que el otro se hartara y se fuera, y sentir que me iba a morir, pero después de 15 días descubrir que eso duele como si uno se fuera a morir, pero que finalmente uno no se muere, así que cuando él quiso regresar, yo ya estaba lista para despedirme.

A los 31 cambié de terapeuta por sugerencia de una compañera de trabajo, y de apego afectivo por mi propia cuenta. La técnica terapéutica mucho más apropiada para mi, por eso insisto a la gente que busque hasta que encuentre una que logre cambios, y el nuevo apego más etéreo que el anterior, pues ni siquiera nunca me quiso reconocer como su pareja, por los siguientes cuatro años.

A los 31, gracias a un inesperado momento terapéutico, recordé el tiempo de mi vida en que comencé a pensar que lo mejor para los que me amaban era morirme, y por primera vez en 20 años me di permiso de vivir, que valía la pena que fuera yo quien estaba viva.

A esa misma edad decidí de nuevo que quería cambiar mi rumbo profesional y comencé a estudiar otra vez, eso me llevaría el año siguiente a cambiar mi ejercicio profesional por uno más libre y más social e indirectamente a tomar nuevamente la docencia de lleno y aprender a amarla.

También a los 31 fue la última vez que le permití a mi corazón enamorarse, que miré a otros ojos que me miraban y me reconocian en el amor, que otra mano sostuvo la mía y por breves instantes no había otra cosa en el mundo que mirarnos. Desde entonces, cada que el amor soslaya algo, esquivo la mirada, ninguna mano ha buscado la mía desde entonces con deseos de quedarse.

A los 32 mi madre estuvo a punto de morir, y en aquellos tensos días recuerdo que decía, gracias Señor, porque si te la llevas ahora, ya no hay palabras que no le haya dicho, ya no hay amor que no le haya mostrado, ella sigue conmigo y es mi tarea mantener ese amor por los años que permanezca.

A los 33 conocí las redes sociales y descubrí algo maravilloso, la cantidad de gente alegre y vibrante que está deseosa de crear relaciones en la vida real, aún conservo buenos amigos de esa época. Diré que tomé precauciones, que nunca salí la primera vez sola a conocer a nadie, que siempre los conocí en sitios públicos, que siempre avisaba a alguien de confianza el lugar del encuentro y no beber fue un gran aliado.

A los 33 me rompieron el corazón por última vez, por última vez sentí ese dolor que parece que te fueras a morir, pero que frente al público se oculta por incomprensible. De esa misma experiencia nació algo maravilloso, de un pasaje Bíblico que vino a mi, que yo sentía que no tenía nada que ver, surgió una palabra sanadora, “Perdón”, y comprendí que ese dolor no se iría, hasta que yo no perdonara a esa persona por el daño hecho, sin importar si la persona ya no estaba para oirlo, perdonarla era indispensable para liberarme del dolor, perdoné y el dolor se marchó.

A los 33 después de tantos años de mi amiga, que es evangélica, estarme predicando, finalmente me rendí al llamado de Dios y comencé a buscarlo en la iglesia Católica, donde me sentí llamada a servirle. Comprendí que Dios me pedía que cambiara de vida, no de iglesia. A los 34 encontré el lugar donde encajaba para servirle a Dios, donde espero mantenerme fiel. También supe que mi llamado tenía un imperativo de predicar el evangelio, así que hice dos cosas, ofrecerme para el ministerio de Misiones e inscribirme en la escuela Bíblica, hay que conocer lo que se va a decir. Siempre daré gacias a Dios por las fervientes oraciones de mi madre, su intercesión constante movió grandes medios para que finalmente dejara entrar a Dios en mi corazón. Si bien yo no seré un San Agustín, ciertamente mi mamá lo hizo muy bien de Santa Mónica.

A los 35 dejé mi último apego, mi dosis personal de adrenalina, la relación que llenaba mi corazón de orgullo y mi cuerpo de endorfinas. La terminé de una manera innecesariamente dolorosa pero que resultó indispensable, sintiéndome haber caido en lo más bajo, odiándome demasiado a mí misma por haber permitido tanto dolor, pero esta vez, la decisión fue mía. Como resultado, al haber perdido ese influjo químico que mantenía enmascarada mi depresión, me fue necesario volver a terapia nuevamente.

A los 35 adopté mi primer gato, y me hizo comprender maravillosamente el principio de mayordomía, los gatos no son míos, Dios me los presta para que se los cuide y cuanta alegría me da en ese proceso.

A los 36 apareció en mi un nuevo deseo de crear cosas, una habilidad para relacionarlo todo, encontrar lo positivo y la oportunidad en cada interacción, una aspiración por conectarme con otros para trabajar por un mejor mundo.

Así me he dado cuenta que mi vida ha sido un proceso de irme enniñeciendo, de descubrir otra vez el aroma de las flores, el cielo que me cubre, la tibieza de mi cama, el milagro cotidiano del amor, la inmensa bondad de Dios manifestada en los demás que me rodean, la necesidad de ir al otro a contarle que Dios lo ama, que lo ha esperado desde siempre para colmarlo de besos y hacer fiesta por su vuelta.

(Enniñecer no es castiza, pero es la palabra más indicada que encuentro, Piero me avala en esta intención)

Releo mi vida y veo que entre más años cumplo, más soy una niña curiosa, que busca, que por fin sabe para qué sirve esa habilidad de escuchar que tuvo desde siempre, para qué aprovechan todas esas palabras que ha aprendido en tantos años de devorar libros, que enseña, que se ocupa de sí misma.

Hoy a mis 37 años, descubrí que todas las cosas de mi vida, las buenas, las simples, los grandes errores, me han hecho lo que soy. Que construyo con ellas y no a pesar de ellas, que amo profundamente lo que soy, porque es el amor y no el rechazo lo que puede transformarlo y mejorarlo. Hoy comprendo la misericordia de Dios, ¿Qué otra cosa podría sentir quien Es Amor? hoy puedo recibirla y comprender que es imperativo darla de vuelta a todos y a todo.

Hoy puedo releer mis 6 años cuando tenía claro no querer casarme, contrastarlos con mis treintas donde pedí desesperadamente un esposo a Dios, y me enojé con Él por no dármelo y luego pedir perdón por esa idolatría. Y comprender que también soy una niña es eso, que en esos ires y venires jamás conocí realmente al hombre, jamás he conocido el verdadero sentido del amor mujer-hombre más allá del imperativo de la compañía, de la hermosa maraña del enamoramiento, de la pulsión orgánica, del terrible miedo a ser menos mujer que las demás por no tener a otro que me reconozca como tal.

También en eso soy una jovencita, que no sabe si darse la oportunidad de amar o esperar, que entra en dudas adolescentes de ¿Qué pasaría si? Que anhela una mirada que se sostenga, una mano que busque su mano y quiera quedarse, pero a la vez soy una mujer que reconoce su edad biológica y sabe que ciertas cosas ya fueron como fueron en el pasado, que no va a crear la ilusión de revivirlo, pero que ciertamente está dispuesta a aprenderlo todo de nuevo, de una forma diferente.

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