EN UN JUEGO DE PELOTA

Un cuento por: Jeison Franco

Era yo todavía muy pequeño, quizá fue antes de conocer, quizá antes de saber qué era arriba o abajo, quizá antes de hablar y saber qué el rojo es rojo o qué el verde es verde, en fin, no recuerdo con certeza si fue ayer o en otra vida.

Todo comenzó un día caluroso, uno de esos días en que los sueños se hacen realidad, uno de esos días en que la musas se vuelven niñas para experimentar el beso del amado, o el abrazo de un padre o el susurro de un sentimiento al oído, uno de esos días en que la espuma de la fuente se convierte en brisa que golpea violentamente el ángulo sutil de la barba pueril de aquel jovencito que sueña con todo, pero que aun no le importa nada.

Este día fue especial, por lo menos hoy lo creo así; mi hermano me llevó a una expedición intrépida, a una aventura de hombres; me llevó por un zaguán estrecho el cual no sólo parecía infinito, sino muy parecido a lo que cuentan de la muerte; éste desemboca en la cocina, recinto sacro de mi madre quien nos miró dulcemente y siguió cocinando la cena, al salir del lugar llegamos a una especie de selva encerrada por una masa homogénea de piedra, bastante grande para mí, por cierto la casa entera era muy grande para mí.Mi hermano llevaba consigo un objeto esférico, sólido, pesado, hasta aquel momento no tenía idea de qué era. El instante, o mejor aún, el plano en el que estábamos tomo un matiz solemne, diplomático; mi hermano se aproximó, a lo que sus rodillas le permitieron a mí altura y tomando aquella figura en sus manos me advirtió:
-“Uno tiene que luchar por lo que quiere, porque si no… se lo lleva el berraco”.
De un leve palmoteo lanzó la figura esférica hacia arriba, creyendo, o suponiendo que yo en mi inocencia, en mi ignorancia no había comprendido ni una palabra. Sin embargo, estas palabras calaron en mi corazón.¿Qué es lo que mi hermano me quiso decir?, esta cuestión trastorno mi conciencia; mi compañero de reflexión, seguía golpeando aquel objeto, tranquilo como si nada hubiera pasado, como si no le hubiera destrozado el mundo, de juguetes y castillos, a su hermanito; pero no, él seguía golpeando aquel objeto, mientras su aserción me golpeaba el cerebro.
– “Esto se llama balón o pelota” me dijo, interrumpiendo mi meditación. “Sirve para jugar fútbol y muchas cosas más”.

Pero, a mí que me importaba en ese momento el nombre de aquella cosa, escasamente sabía el nombre de mi familia y algunas cosas más.
– “El fútbol, ha, el fútbol es mi vida, yo pa’ que más si tengo el fútbol que es mi amor, por eso lucho pa’ entrar en el equipo de mi papá”.

¡Mi amor!, pero como yo voy a saber que es el amor. – “¿Qué es el amor?” le pregunte mirándolo fijamente.
“Ha, el amor es sentir alegría, algo cómo raro en la barriga que da vueltas, por una cosa o persona”

En el momento no le discutí a mi hermano su definición de amor, pero me quedaban serías dudas de que fuera algo bueno eso de sentir o tener amores, pues lo único raro que había sentido en la barriga eran los frecuentes dolores y retorcijones causados por la variedad de parásitos y gérmenes que un niño a esa edad podía tener. La confusión reinó en mí, y quise volver a la casa y buscar en el camino la inocencia, que no se cómo en unos pocos pasos perdí, y sentí ganas de llorar o de gritar, pero las lágrimas ahogaron mi grito y el calor de éste evaporó la humedad de las otras…

Repentinamente un cimbronazo de magnitudes incomparables me envió al suelo despojándome de algunas capas de piel en mis manos y creándome un hematoma en las rodillas que perduraría después de varios días, la mezcla de tejidos y tierra que había en manos y rodillas era similar al de mis ideas trastornadas por el golpe recibido en el cuerpo y en el alma.

Cuando pude recuperar conciencia, vi el objeto esférico que había sido el arma contundente con que el amor me daba su primer golpe, pues, cuando levante mi rostro magullado, mi hermano me sostenía y me pedía perdón por el golpazo que me había propinado, sin poder atenderle a su petición por la incomunicación que el golpe había creado en mi sistema nervioso, lo único que vi fue sus ojos llenos de ese color miel cálido que me enseñó que el sentimiento del amor era tan raro como bueno y tan necesario como esquivo.

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