Te devuelvo tus entrañas

Silvia se levantó un poco pesada, como sin poderse despegar de alguna especie de melaza traída desde su sueño, como si éste no quisiera abandonarla completamente, aunque ella si a él. Abrió los ojos y se incorporó en la cama, de lado como le enseñó alguna vez una fisiatra, para no causarse un lumbago cotidiano.

Pero ese incorporarse no la sacó del todo del sueño, todavía recordaba una voz suave como de hadas, que le decía en medio de velos que flotaban contra la luna, “Hoy vas a conocer a alguien que va a cambiar tu vida”. -Menuda advertencia- pensó Silvia sin darle mucha importancia, aunque sabía que las palabras de sus sueños sabían anticipar de algún modo ciertas realidades.

No volvió a pensar en eso hasta que sintió el chirrido de unas llantas frenando a pocos centímetros de su cuerpo, ella no era propiamente distraída, pero por algún motivo cruzó la entrada de la universidad sin mirar. Levantó los ojos para encontrarse con otros ojos que extrañamente la miraban desde detrás del volante sin furia, con una especie de compasión. Silvia sonrió brevemente y se apartó del camino.

Al medio día cuando tomaba su almuerzo pensaba, -¿Cambiar mi vida? por poco y la pierdo, no deja de ser extraño.-

Silvia no volvió a pensar ni en aquellas palabras, ni en el incidente por muchos días, hasta una tarde, cuando saliendo de la última clase de 6, desvió la ruta habitual de regreso a casa, al pasar por uno de los auditorios y escuchar una voz, que nunca había escuchado antes, pero que de alguna forma sentía como si fuese un llamado familiar, como si esa voz hubiese aguardado desde siempre para llamarla por su nombre, una voz que la hacía estremecer de forma extraña. Entró al auditorio, realizaban una lectura de poemas, y cuál fue su asombro al ver frente al micrófono aquellos mismos ojos que se detuvieron antes de atropellarla. Se quedó hasta el final, sin querer acercarse, Silvia no era tímida, pero para esto no había tenido nunca resolución alguna. Entonces vio a una de sus compañeras de clase acercarse a aquel lector de poemas, saludarlo con cariño. Pensó para sus adentros, bueno, conozco a alguien que lo conoce.

Dejó pasar varios días antes de preguntarle a su compañera, no se animaba realmente a contestar la pregunta de rigor -¿Y por qué preguntas?- tantas veces quiso contestar -Porque me da la gana, ¡Qué te importa!- pero finalmente daba cualquier rodeo trivial para no dejar en demasiada evidencia lo obvio.

Su compañera le contó que su amigo se llamaba Juan -No podía tener un nombre más típico- pensó Silvia, y que había un club de poesía que se reunía los miércoles a la tarde. Ella no había sido muy afecta a la literatura en general, menos a la poesía en particular, pero quería resolver la pregunta que la asaltaba -¿Por qué esa voz le era tan absolutamente familiar?-

Pasaron varias sesiones de miércoles antes de llegar a poder intercambiar algunas palabras con Juan, conocer un poco de su vida, a su maravillosa novia, y que estudiaba curiosamente Administración de Empresas, interesante mezcla para un poeta a tiempo parcial.

Entonces Silvia comenzó a notar algo extraño, a veces, sin motivo alguno, sentía una especie de angustia en las entrañas, una especie de dolor profundo y triste, que por alguna razón ella sabía que no le pertenecía, se sentía ligeramente loca, pero sabía con certeza que aquel hueco en el vientre no era suyo.

Tardó varias semanas para darse cuenta, y muchas más para creerlo, que esos vacíos coincidían con cada vez que Juan discutía con su novia, que en este punto resultó no ser tan maravillosa, o tal vez él era el no tan maravilloso, que básicamente ella no tenía mayor modo de conocer lo que sucedía, salvo por las lamentables escenas de discusiones en el pobre club de poesía, que a esta altura parecía más un campo de guerra satírica.

Tres dolorosos, literalmente para Silvia, meses después, toda aquella ordalía terminó con una escena que incluyo un libro que volaba e impactaba contra un muro, tras ser hábilmente esquivado por Juan y coincidencialmente refugiándose detrás de la silla de Silvia. Aquella mujer cruzó la puerta para jamás volver, y no fue solo Silvia la única llena de alivio en esa sala. Entonces ella escuchó la primera palabra dirigida a ella directamente de aquella familiar voz “Gracias”.

Entonces comenzaron a hablarse con más frecuencia, de cosas triviales, de la poesía, del clima, socorrido tema entre quieren poco se conocen, de la política, de todo, menos ellos. Total, no había tiempo más que un breve saludo a la entrada y una breve despedida al final.

Pero Silvia seguía extrañamente conectada al estado anímico de Juan, casi podía predecir con qué semblante iba a llegar cada miércoles, y en algún momento en uno de los fugaces saludos, él dejó escapar unas palabras “Quiero reconquistar a María” como resultó llamarse la mujer del libro volador. Silvia pensó -¿No podía tener un nombre más típico?-

En un instante que ella no logró recordar, aquellos saludos y despedidas se volvieron en un derroche de sentimientos… por María, se volvió Silvia la confidente no pedida de una historia de amor tormentosa, turbulenta y literalmente dolorosa para ella.

Tristemente para Silvia, en aquel proceso, esa voz familiar, despertó un dormido sentimiento de afecto, entonces ya no solo le dolían las entrañas, ahora le dolía el corazón. Entonces recordó la voz de hadas entre velos, -Claro, iba a cambiarme la vida, pero nadie dijo que sería para bien- pensaba ella.

Se tomó un par de semanas para resolverse, y en una despedida de aquellas decirle a Juan -Sabes, vas a decirme loca, pero por algún motivo que no comprendo, cada que estás mal, yo lo siento como un dolor agudo en mi vientre, no supe en qué momento o como me conecté contigo, para sentir lo que sientes, pero solo cuando estás triste, no me alegras las entrañas, solo les abres un agujero indecible- Juan la miró, con aquellos mismos ojos que ella conoció detrás del volante, y le dijo -No estás loca, sino yo también lo estaría, hace meses que a veces siento una angustia que no es mía, que reconozco diferente de mi propia angustia, y he podido corroborar con una amiga mutua, que coincide con tus estado de ánimo, y si, tu tampoco me trasmites tus alegrías. Y aún más hay algo con tu voz, que por algún motivo me resulta tan familiar, como si toda la vida hubiese estado esperando que me llamara. Vas a pensar que yo también estoy fuera de mi.-

Un silencio incómodo llenó el lugar, por unos instantes no había nadie más allí, solo ellos dos, mirándose, sabiéndose conectados, pero tan distantes, viviendo en mundos tan aparte, sin tener la más mínima idea de que significaba todo aquello.

Entonces Silvia rompió el silencio y dijo -Te devuelvo tus entrañas, no quiero más esta angustia no mía, no quiero más este saberte triste y no poder hacer nada, no quiero más este quererte y saber a ciencia cierta que esta tristeza no es por mi, sino por alguien más.- Juan guardó silencio, no tenía nada para decir, que la sintiera en las entrañas cuando ella estaba triste no significaba que la quisiera, que su voz fuera infinitamente familiar, como un llamado desde siempre, no significaba que extrañara escucharla. Entonces se despidieron por última vez, el silencio de Juan fue suficiente respuesta para Silvia, que no haya respuesta, es ya una respuesta en sí misma.

Ahora Silvia sabe que las voces de hadas entre velos son engañosas, y aunque a veces todavía siente a Juan en las entrañas, ya no va más al club de poesía, aunque a veces lo extraña.

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