De pensamientos y raíces

Todos dicen que el otro es el amor de su vida, hasta que un día la vida se les acaba, bueno, tal vez se les acaba el amor, pero yo creo más bien que se les termina la vida. Porque cuando a uno todavía le queda vida, todavía hay posibilidad de amar, de resurgir, de hacer crecer de nuevo, cuando la vida se acaba ya nada nace, ya nada puede pasar de chico a grande. La gente dice desenamorarse, yo creo que dejan de crecer en compañía. Tal vez uno creció desmesuradamente y no tuvo tiempo de esperar al otro que iba más lento, entonces prefiere irse a crecer en otro lado, porque somos plantas peculiares, que pueden desplantarse de una tierra, literalmente desarraigarse, y echar raíces frutos y flores en cualquier otra.

Tal vez por eso sería conveniente ser más paciente con el crecimiento del otro, porque la vida humana demuestra nuestra capacidad de florecer prácticamente en cualquier clima y temperatura. No es que yo diga que uno deba llevar una vida de hiedra arrastrándose por las paredes, tomando cualquier grieta y bebiendo el agua que no le riegan, sino que cae fortuita, no, eso no es una buena vida, pero bien podríamos darle tiempo al otro que se plante, gire sus hojas al sol y decida crecer.

También es cierto que hay gente que se niega a crecer, le viene bien una altura de pensamiento, así cerquita de la tierra, sus hormigas y sus grillos, en el pequeño jardín conocido, no necesitan colonizar con sus semillas más allá de la cerca que limita con la calle, le basta con que las mariposas y las abejas vengan de tanto en tanto. Eso no es malo, el asunto es que si eres un kikuyo que se expande hasta ocuparlo todo o un bambú que rápidamente desea llegar hasta el sol, pues difícilmente vas a acompasar con un tranquilo pensamiento.

Uno debería prestar atención a qué semilla es el otro antes de intentar crecer con él, desde las primeras hojitas uno puede ir sabiendo si lo que más va a echar son tallos o raíces, a veces, hasta es posible saber si el otro no tiene capacidad de dar flores y habrá que agenciárselas de otro modo.

Pero hay algo que sí nos diferencia ampliamente de los seres verdes, y es que los seres humanos no crecemos de una vez y para siempre del mismo modo, en nosotros un pequeño pensamiento sí puede volverse un roble, una mustia enredadera puede mutar en un colorido rosal, una larga melena en un tranquilo loto a la mitad de un lago. Nuestras hojas no son perennes, precisamente porque necesitamos estarlas renovando estación tras estación, año tras año. Nuestros frutos no siempre son los mismos, a veces son jugosos, otras secos, otras incomibles y de tanto en tanto manjares exquisitos que nutren a los demás.

Algo que compartimos con el mundo vegetal, es que podemos crecer en compañía, de forma simbiótica donde si uno muere, el otro le sigue, o de forma comunitaria, como un alegre arrecife donde todo lo que se produce, inclusive lo que se desecha, sirve para alimentar la vida del resto.

No en vano estamos llamados a crecer y multiplicarnos, pero no solos, porque hasta los hongos hacen grupitos cuando las esporas comienzan a crecer, crecer de a dos, crecer de a muchos, como los bosques, como las selvas, diversas, donde hay espacio para todos, donde se puede esperar a que el otro crezca, madure y elija su vida.

Así, cada vez que le digas a alguien que es el amor de tu vida, piensa, ¿Por cuánta vida? ¿Estás dispuesto a crecer a su lado por el resto de tu existencia?, ¿Está el otro deseoso de hacer lo mismo?. Mutarán muchas veces de crecimiento, pero en cuanto crezcan en la misma dirección, tal vez esa vida, dure toda la vida.

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