La otra que ya no soy

Creo que este es un tema del que he hablado mil veces y necesito hablar la mil uno para cerrarlo por fin. Los errores del pasado que cometí a sabiendas, que todavía pueden explotarme en la cara, pero de los cuales debo deshacerme de una vez y para siempre.

Quienes me han leído antes saben que he tenido el poco saludable hábito de quejarme del amor, bueno, más que del amor, de la ausencia del mismo, yo bien pude haber compuesto esa canción que cantaba Karen Carpenter “Goodbye to love”. Tal vez muchos sepan de donde proviene la queja, de haberme agenciado relaciones donde el otro nunca estuvo de tiempo completo, donde solo puso una parte de sí y yo acepté a cambio ponerme completa.

De todo eso he hecho procesos de perdón, perdonarme el daño que permití me hicieran, perdonarlos a ellos por el daño hecho y esto que escribo es parte del último perdón que me falta, aquel por el daño que yo misma me hice.

Algunos conocen lo que en los círculos cristianos se llamaría “Mi testimonio” y en la vida cotidiana sería simplemente mi experiencia de vida, algunos saben sobre cuales fueron las malas decisiones que tomé.

En este punto me pregunto que tanto conviene decirlo semi-públicaente, porque publicar en internet es ponerlo a la vista de todos, que en en muchos casos es precisamente ocultarlo, también pienso que efecto puede tener en la imagen que otros que no lo saben tienen de mi, en fin, creo que es un asunto del que no se habla, y de alguna manera es una reivindicación de lo que fue mi silencio por muchos años, pues si, yo fui la otra.

Hago una pausa para digerir esas palabras, que tal vez alguien que lea también hizo igual detenerse, y a mi me viene en flash back tantas escenas, que sé no voy a alcanzar a plasmar aquí.

Cuando se habla de infidelidad, se habla del desgraciado hombre infiel, de la pobre mujer engañada y de la arpía que quiere quitarle al marido, bueno, el hombre infiel, más que desgraciado es una persona que no sabe bien ni lo que quiere, la mujer engañada, con el pobre y todo, siempre lo sabe aunque no tenga evidencia física, y la arpía que en este caso era yo, no quería quitarle el marido a nadie, solo quería amor para mi, pero si en algún momento me hubiesen ofrecido el “la voy a dejar” yo no habría aceptado, el remordimiento me hubiera podido.

Y finalmente quién era yo, la otra, pues una mujer común y corriente, que en algún punto de la vida pensó que ese hombre que le demostraba afecto e interés, era la única opción que tenía en la vida para llenar el corazón de amor, y la tomó, porque no había ninguna otra alternativa, más que renunciar y quedarse sola, y entonces aquello no me parecía una mejor opción.

Como nadie te va a aplaudir por hacer lo que haces, ni vas a encontrar libros de autoayuda que te sirvan para sobrevivir siendo la otra, ni grupos de apoyo donde ir a contar las inusuales circunstancias que vives, una noche navegando en internet, encontré lo que para entonces fue un oasis en ese marasmo de soledad y silencio social, un foro público en internet, donde mujeres (y poquísimos hombres) contaban sus vivencias de lo que ocurría día a día en sus relaciones. Todavía tengo la dirección, usuario y clave del sitio, hace unos minutos en la pausa volví a ingresar, por privacidad propia y de quienes quedan allí de aquella época, no publicaré el url en este post.

A esas mujeres les debo muchas cosas, haber encontrado una hermandad extraña donde podías hablar, sin que te juzgaran, donde otras personas que ya lo habían vivido te decían como iban, algunas como yo lo dejaron, otras muy pocas, lograron convertirse en las parejas de quienes deseaban, algunas consiguieron un hombre soltero como mejor opción.

A esas mujeres debo también haber practicado mi inglés conversacional por varios años, lo que sé de como se habla en la vida cotidiana lo aprendí con ellas sin salir del país, aprendes a comunicarte en otro idioma, comunicándote. No encontré lugar semejante en español, tal vez en nuestra cultura esa clase de apoyo no se fomenta.

Yo comencé a tomar terapia psicológica estando en esa relación, no lo hice por la relación misma sino por un problema de agresividad subida que tenía, y recuerdo que la terapeuta me preguntó hablando sobre que tenía una relación afectiva física, no platónica ¿Por qué este hombre si lo logró y los otros no? Todavía me lo pregunto, creo que el día que me lo responda, tal vez, le dé la oportunidad a alguien más que si esté disponible para que lo logre.

Si alguno se pregunta por qué una mujer altamente racional como yo termina metida en esto a sabiendas, porque siempre fue una decisión voluntaria, diré que mi cabeza fría fue vencida por el “Es esto o nada” y en ese momento de la vida, no había cosa que me causara más angustia que la nada.

Como esto se trata de perdonarme el daño que me hice, es necesario que me reconcilie con esa yo desesperada que una noche le lloró a Dios y le imploró conocer al menos una vez en la vida el amor, si, a ese Dios que ni siquiera iba ya a visitar los domingos, pero cuya presencia siempre fue imposible desconocer. Después de aquella súplica desgarradora, unos días después conocí a este hombre, y me dije a mi misma que si bien no podía ser la respuesta de Dios, probablemente era la única que obtendría, y seguí adelante. Algo que no olvidaré jamás, es que unos días después de haber aceptado esa relación, la persona que más quise en mis años de universidad en total silencio porque nunca fuimos más que amigos, me invitó a salir por única vez en la vida, como éramos cercanos y en la increíblemente idiota idea de darle celos, le dije que estaba saliendo con un hombre casado, la decepción que sintió se manifestó en que simplemente se fue y por muchos años no volvimos a vernos. Ah me he dicho, si hubiera esperado, Dios si tenía una respuesta a mi súplica, exactamente como yo la quería y anhelaba, pero mi prisa, la hizo imposible para siempre, él se casaría unos años más tarde. Ahora que lo releo, lo resignifico, no, esa no podía ser mi respuesta, si hubiese sido, no se habría ido dejándome sola en tan precaria situación, habría luchado porque yo recobrara el sentido de la realidad y se habría quedado a mi lado.

Perdonarme a mi, es también perdonar a Dios, por inmodesto que parezca, por envolver mi respuesta en tantas cosas, que siempre estuve a tientas, decidiendo como podía, sin Él, porque en últimas, como podía incluirlo en mis decisiones si no lo conocía bien. Bueno, conocí el amor, digo hoy que no por única vez en mi vida, pero en la lacerante forma de querer lo que no te pertenece, y que precisamente pareces quererlo, porque no está.

Aquella relación duró muchos años, los primeros de novedad, de recibir la clase de atención que nunca había recibido, el trato cariñoso y tierno que no conocía, el ser reconocida como mujer, y bueno, también toleré el ocultamiento, el no recibir nunca regalos, el transar todo a punta de sexo, si alguien pregunta alguna vez por qué yo no apuesto ni un resultado deportivo, esas transacciones son el motivo. Otra cosa que habrá que resignificar y quitarle esa carga innecesaria. Este es el punto de perdonar a la mujer que se dejó volver objeto, que usó su propio disfrute para justificar la manipulación que recibía, perdonar a la mujer que no conocía el disfrute del cuerpo sin que le estén cobrando cantidades emocionales alarmantes.

Los últimos años de esa relación, fueron el fin de la alegría que se suponía recibida, donde prevaleció el miedo terrible a no tener nada, sobre el sentido común del daño constante, minador de la autoestima. Desde entonces acuñé el término “Apaga incendios” para describir a esas personas que toman toda idea naciente en ti, y la pisan como una florecita insignificante, capaces de desbaratar el más mínimo sueño en cualquier aspecto de la vida, bajo nubarrones oscuros de pesimismo. Este es el punto de perdonarme a mí misma, por abandonar mis sueños, por creer las palabras fatídicas y descalificadoras de mis ideas, por renunciar a mis posibilidades, por renunciar a intentar grandes desafíos al oír augurios desastrosos.

Soporté desatención constante, de quien creía que me amaba, luego descubrí, que realmente yo no era su mayor amor, lo que él más amaba era su trabajo, de cuenta de él su esposa lo perdió y yo, nunca lo tuve, solo pareció estar allí en sus momentos libres. En este punto debo perdonar a la yo insensible, que a sabiendas de todo lo que ocurría, nunca tuvo el coraje de que todo le volara en la cara y decirle abiertamente a la contraparte lo que ocurría, nunca confirmarle lo que ella ya suponía, para que ella pudiera tomar decisiones informadas, siempre yo temiendo lo que dirían las personas que me conocían, como si en el fondo yo no fuera consciente que todos de por sí lo sabían, perdonarme haber sostenido una mentira tanto tiempo, que todos sabían, y de la que nadie hablaba en voz alta.

Al final solo una cosa me ataba a tal sandez, el pánico terrible a dejarlo, pensar que sin él me iba a morir, porque cada vez que él me apartaba, yo me llenaba de una angustia que dolía como si me fuera a morir. La última vez que lo hizo, con aquellas lapidarias palabras “Ya no siendo alegría de verte” me dejó sola, a probar mi soledad, y eso era lo que yo entonces necesitaba, saber que eso dolía como la muerte, pero que finalmente uno no se moría, así que cuando regresó de nuevo, ya había vencido el miedo y podía abrazar mi soledad de nuevo. También debo perdonarme por esperar hasta que el dolor fue acuciante y en lugar de haber corrido cuando el daño era menor.

Infortunadamente para mi, esa no fue la única historia de ese tipo, ya no con hombres casados, sino con hombres solteros que por algún motivo, muy racional para ellos, no estaban disponibles para quedarse y que yo admití de ese modo. Así permití ser de nuevo objeto de transa, escudada en el mismo disfrute del cuerpo que ya conocía, basada en el aire de afectos trastornados, que me garantizaban esa angustia del estoy, pero no del todo, al que me había acostumbrado. Nuevamente bajo la misma dinámica de mejor es un pedazo que la nada, otra vez el miedo paralizante a la soledad me retenía en la precariedad afectiva. Todavía debo perdonarme esos años posteriores, de ese huequito en el estómago que parecían ser mariposas, pero realmente eran mis entrañas alertándome del daño conocido.

Salí de aquello varios años después, también motivada por la puñalada en el estómago de sentirme tratada como una prepago por el hombre a quien amaba y que un mes después iba a casarse con su novia, sé que me hace falta perdonarme haberme rebajado a ese punto, a haber aceptado lo inaceptable, por pedir la única cosa que quería: afecto. Hoy decido perdonarme haber transado yo misma sexo por afecto, no haber conocido otra forma de conseguir algo que se pareciera al amor, más que la ternura que recibía en los momentos de intimidad sexual. Es el momento de perdonarme el daño que me hice, buscado que me quisiera quien no me quería.

Ahora, no como en los testimonios que cuenta la gente, donde todo es perfecto, y entonces la conclusión es Dios me dio la pareja que buscaba, pues no, a mi no me ha dado nada de eso. Lo que Dios me ha regalado estos años es irme recobrando a mi misma paulatinamente, recobrar el amor propio, poder andar con la cabeza en alto porque lo que tengo, que soy yo misma, es mío. No ando con afectos prestados de nadie, ni transando mi cuerpo por nada, porque es solo mío. Ir recobrando mi dignidad de mujer, de la cual este proceso de perdonarme es un paso necesario, porque si bien no puedo cambiar los errores que cometí, yo soy otra diferente ahora, que aprendió de sus equivocaciones y no está interesada en repetirlas, que está dispuesta a abrirse a alguien disponible completa y libremente, con su propia historia y que quiera compartirla conmigo.

He tenido muchas veces prisa, últimamente el tema de los años me impulsó a pensar en apurarme, pero finalmente si lo que busco es para permanecer, no es necesario correr, perdono mi prisa que me llevó a intentar tantas cosas para terminar en el punto de partida.

Me perdono y me acepto, como fui, como soy, como seré en el futuro con las cosas que hoy estoy aprendiendo y viviendo. Renuncio a la prisa, al miedo a estar sola. Recibo el amor que Dios me da, y la pareja que formaré en el momento adecuado, con el hombre que Dios está preparando para mi.

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