Libro terminado

Y así se cierra el libro, se terminan de leer sus hojas, y queda como una mariposa muerta con las alas plegadas y oscuras sobre la cajonera. Ya exhausto, ha dado todo lo que podía, se ha abierto de par en par para entregar hasta su última sílaba, que has bebido, no quedando nada más en el vaso.

No suelo releer libros, pocas historias me llaman a tomármelas de nuevo. Antes, coleccionaba frases de los libros y las copiaba en una agenda, ya ni eso, pocos escritos llegan a conmoverme ahora hasta el punto de querer recordar textualmente las palabras, o tal vez, porque ya no tengo agenda, sino un dispositivo electrónico, que eficiente como una máquina de escribir, pero sin su ruido, guarda todo cuanto escribo, e inclusive, me permite ubicarlo en algún lugar, también electrónico para que otros puedan verlo. Pequeño reducto de la auto-edición, que sin mayores prolegómenos te permite jugar al escritor, tener un público pequeño. Gracioso juego del ego, hasta alguno se anima a hacer crítica, probablemente evitando la destreza y crudeza de quienes se dedican a ello por oficio y sin la intención inocente de quien es guiado más por el afecto que por el conocimiento literario.

Si, también he soñado alguna vez publicar un libro, ¿Quien con un mínimo de destreza en el lenguaje no lo ha hecho? Y pensar en ver tu nombre en letras de molde, lidiar con un editor y pagar tu misma el tiraje, y todas las linduras que el mercado editorial obsequia a quienes producen lo que ellos distribuyen. Ah sarcasmo, como me gustas, una de las figuras literarias más socorridas en mi lenguaje cotidiano, solo contenida por el amplio desconcierto y de hecho molestia de algunos quienes la reciben.

Libros, montones de ellos, leídos en bibliotecas en mi adolescencia y temprana juventud, luego comprados desde cuando poseo un salario. Libros que hicieron de mi una niña sin dislexia y disgrafía reconocibles, que me llevaron a mundos inesperados, que me hicieron conocer del corazón humano sus sentimientos más nobles y las atrocidades más inconcebibles. Periódicos y sus revistas de crónicas, que abrieron mi mente al conocimiento de la realidad de un país convulsionado como el mío. Ahora leo la palabra convulsionado y pienso no han podido elegir una mejor, como un hombre que cae al piso en medio de la calle y se retuerce sin que nadie lo ayude y derrama espumarajos por la boca, si, así, sólo que nuestro hombre lleva más de medio siglo con los transeúntes pasándole de largo y sin que nadie quiera remediarle semejante estado.

Palabras, toneladas de ellas, como si realmente pudiesen pesar, y en ocasiones realmente lo hicieron, usadas para describir mi mundo, para esconder, más que para mostrar lo que había en mi mente, para ser la flauta del encantador de serpientes. Ah, a cuántos hubiese podido enredar de maneras miles si no me hubiesen inculcado responsabilidad por los demás y por mis propios actos, cuanto daño hubiese infringido si no me hubiese dado cuenta temprana de su capacidad letal sobre el ánimo ajeno, cuantos corazones he podido sanar gracias a ellas, a ellas y a otra habilidad poco corriente, escuchar como es debido.

Palabras escritas y manuscritas que recuerdo ahora, agendas y cuadernos llenos con mi letra menuda, con frases demasiado oscuras para mi edad, con esperanzas demasiado inocentes para la misma edad. Escritos dedicados en primera persona, nombres que jamás escribí junto a las palabras, pero que aún hoy podría recitar junto a sus apellidos si es que hubiese en la tierra un buen motivo para hacer en voz alta semejante remembranza.

Y el hiatus de la ingeniería, ese período cuando la tinta casi se secó y decidí dedicarme a la poesía porque podía hacerse más rápido que la prosa, ese exabrupto literario que según alguien anotó horrorizaría a los poetas que tardan una noche entera en encontrar la rima perfecta, proferida por una eterna aprendiza, que sacaba versos de un tirón como punta al lápiz, y canciones que nadie más cantó, que ni ella misma pudo volver a hacerlo a falta de un entrenamiento suficiente en música para traducirlo en notas y no olvidarlas quince minutos más tarde.

Y después de tantos años, reencontrarse de nuevo con las palabras, no porque hubiese dejado de leer, sino porque había perdido el significado que las cosas tenían, asunto curioso haber pasado a la tercera persona, como si aún ahora quisiese evitar decírmelo a mi misma y fuese más cómodo hablar de otra, una que no soy yo, que no vive mi vida ni respira por mis pulmones, o tal vez para distraer en este instante que fue un otro, un alter ego, un espejo con la habilidad suficiente para saber cuando se tildaba un sólo, quien me invitó a releerme, a redescubrir lo escrito hace tantos años y querer de nuevo contarme a mí misma, ya mediada por la tecnología, pero con el lenguaje recobrado aunque ya desacostumbrado, por el hábito de usar palabras comunes, entendibles por la mayoría de los presentes, especialmente por usuarios al teléfono en un soporte técnico.

Y así en este mundo poblado por teclados virtuales en superficies de vidrio, construyo nuevos escenarios en palabras, me lanzo a la lectura de nuevos libros, ahora con editores menos cuidadosos, que dejan escapar palabras repetidas o mal escritas, cosa que jamás llegué a ver en mis épocas tempranas de biblioteca, y hacer cruzadas por el lenguaje, en una sociedad que tiene la caradura de ofenderse cuando se le indica usa mal el idioma, incapaz de llegar al segundo párrafo de este escrito, por lo cual están a salvo de ser ofendidos a esta altura.

Todo este envoltorio, nacido de un libro terminado que llevó al recuerdo de una carta digital perdida, que se entregó a su destinatario pero se borró entre accidente e intención tras haber sido vista por ojos a quienes no estaba dirigida, mas asegurada con el típico patrón de nombrar a ninguno, que protegió por lo menos la privacidad del destinatario. Una pena por la memoria, que sólo recuerda trazos de la carta pero que si rememora las palabras que no puso en ella, porque a veces, inclusive para quienes llevamos en la grupa del verbo nuestras vidas, los silencios siguen siendo la parte más sonora de las frases.

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