Alma vieja

Porque tengo un alma vieja, que tuvo 80 a los 12 y apenas ha logrado rejuvenecer un poco, pero con tantos pasos acumulados que ya los surcos en la piel comienzan a ser incipientes y el frío a doler un tanto en los huesos.

Porque algún día, siendo demasiado joven estuve de vuelta de todo, y pocas cosas me trajeron de nuevo, me quedé demasiado allá y poco aquí, sin llegar a reconocer el lugar como propio tras el retorno.

Porque me acostumbré a estar desencajada, ubicada en el borde o en el mismísimo centro, o ser transparente o ser principal, pero sin importarme mucho el lugar donde habitaba.

Porque hay esperanzas que ya murieron, a pesar de la buena voluntad y los consejos de quienes me quieren; inclusive deseando yo mantenerlas, ante la ominosa presencia de una realidad poco sutil en actos, para demostrarme cuan fútiles han sido mis intentos y ciertos sueños.

Porque estoy conminada a seguir, a veces a pesar de, otras gracias a, sin detenerme demasiado, a veces sin sentir demasiado aunque luego el corazón me pase la factura, la cual nunca sabré si es más barata a plazos o al contado.

Porque no tengo buenas respuestas, con todo y los buenos propósitos, y la mente aguda, y el acerbo de información cuasi infinita; por el nivel de detalle absurdo, por los recuerdos más nimios, de las cosas más estultas.

Porque también tengo derecho al desánimo, al desgano, al desahucio, a la negación profunda, como única evidencia de haber luchado con todas las fuerzas y haber perdido en franca lid, como único rastro de la oposición pertinaz, ante el implacable paso de fuerzas ajenas.

Porque no siempre estandarte, ni estafeta, ni avanzada, no siempre presente y lista para salir; aunque sin claudicar nunca en la lucha ajena, ya demasiado herida para contener valor suficiente para la propia.

Porque tal vez solo la derrota pueda darme la paz, dejar las armas la única forma de reconciliarme conmigo misma, abandonar como único método para estar presente conmigo.

Porque acaso solo después de muerta toda esperanza, sea posible sembrar en ese campo otra cosa, que no sea la misma plántula mustia, ni la misma invasora maleza, ni el lacerante cardo de costumbre.

Porque ya no hay caso en arar la tierra yerma, pero aún puede construirse en ella una casa, para morar entre el solano y las estrellas, bajo el propio cobijo, acurrucada y para siempre mía y solo mía.

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