Vivimos en tiempos peligrosos

It was the best of times, it was the worst of times, it was the age of wisdom, it was the age of foolishness, it was the epoch of belief, it was the epoch of incredulity, it was the season of Light, it was the season of Darkness, it was the spring of hope, it was the winter of despair, we had everything before us, we had nothing before us, we were all going direct to Heaven, we were all going direct the other way- in short

Tale of two cities, Charles Dickens

Nuestra sociedad actual parece haber olvidado en la historia, y en las mentes de sus miembros mayores como se gestaron en el pasado las grandes tiranías y las guerras que involucraban continentes enteros. Somos hijos del dominio del mercado y de la violencia indiscriminada y fragmentaria, que cubre un país o dos, pero con la sordina de la distancia suficientemente bien puesta, como para que no parezca real, como para que sea tolerable en nuestras pantallas de TV, adormecidas de tanta sangre artificial producida en las producciones cinematográficas.

Asistimos a un fenómeno que no tiene precedentes en nuestra generación, del surgimiento de un tipo de caudillismo violento cimentado en la desesperanza de quienes están ahogados por la economía. No son las masas obreras que salían a la calle en los años 20 pidiendo descanso remunerado y jornadas de trabajo de 8 horas, son los hijos de la sociedad de consumo, encadenados como contratistas sin relación laboral, endeudados por las tarjetas de crédito y con la aspiración de un sueño de prosperidad que les vendieron para que entregaran sus vidas y almas a la producción de cosas que probablemente ni siquiera sean fundamentales.

La gente se está tornando fanática e ideológicamente violenta, el ejercicio dialéctico reemplazado por la burla, la ofensa, la incitación a la violencia, mientras se mantienen viejos ejercicios de la distorsión de la realidad y de las cifras para servir a ciertos intereses que por oscuros nos resultan realmente desconocidos.

Entonces a gente de lo más razonable de pronto les parece deseable ponerle identificadores a ciertos miembros de la población, en una actitud que eriza los pelos de parecida al nazismo, a otra de esa misma gente le parece razonable irse a los golpes en una reunión política, azuzados por el mismo político, en otras latitudes se juega a la desestabilidad del gobierno usando argumentos propios de la guerra fría, jugando con los miedos de las personas a perder, cuando realmente no poseen nada, para perpetuar la guerra interna fratricida y que mantiene un estado de caos suficiente para que quienes tienen el poder lo conserven, y el status quo de precariedad de la sociedad en general no mejore.

Y uno no comprende por qué la gente razonable termina enarbolando banderas para cazar brujas y quemar herejes, uno no entiende como la gente pasa de la inteligencia al fanatismo, de la humanidad a la inhumanidad.  Pero en todo esto parece haber un hilo conductor: El miedo.

Estos profetas del Apocalipsis engañan a las masas con el miedo a que las cosas empeoren, con el miedo a la pérdida, con el miedo a la violencia, pero incitando a más violencia. Se valen de los novísimos medios digitales, las redes sociales que hacen que las opiniones den la vuelta al mundo en segundos para manipular a la opinión pública, crear enemigos ficticios, invitar al odio y al ataque, desde sus cómodos sillones de privilegios y prebendas.

Y los razonables convertidos en fanáticos son pasto seco para este fuego que incendia corazones y altera los ánimos, ciega el debate de las ideas y pasa a los insultos, ya ni siquiera en el ejercicio retórico sino en la burda forma de un meme denigrante, hecho por cualquiera sin mayores intereses que propagar el veneno.

Estos tiempos son peligrosos, corremos el riesgo enorme de perder la resistencia por parte de la razón, de perder de vista lo que queda en humanidad en nosotros, de romper para siempre la única cosa que nos mantiene vivos como humanidad, el amor humano.

Combatamos la sinrazón con la empatía, detrás de esos furibundos incendiarios hay seres humanos temerosos, quebrados y perdidos. Poco creo yo que una ideología nueva pueda sobrepasar esta racha de agresión, so pena de convertirse en otra fuente agresora, si algo creo yo que puede reparar a este roto mundo es la capacidad de ver al otro como prójimo, como sujeto a las mismas circunstancias propias, y desde este reconocimiento de la debilidad propia y ajena responder desde el corazón.

Cuando la razón ha sido usada para justificar la sinrazón, no queda otra que usar aquello no no requiere argumentos, el sentir. La política ordenó nuestras sociedades, pero no las hicieron más humanas, solo el amor extensivo a los otros vivientes en este planeta podría revertir esto.

En tiempos peligrosos amar al otro se hace mandatorio, solo el amor engendra la paz duradera.

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